Estoy seguro que me diría que sí, que lo haga, que es necesario. Es más, me susurra al oído y me invita a reinterpretarlo. Me guiña un ojo al cambiar de página. Y yo me pasó la mañana preguntándome… ¿por qué habría de callar?
Lo que debiera en esta época ser, el único lenguaje que merece y hace digno al ser humano, aquel que se orienta a hacer retroceder el dolor, está puesto al mejor postor y aquel que debía cumplir labor similar con el sufrimiento, está siendo sometido a una mirada plana y deslizante de un reloj de algoritmos primitivos, diseñado para distraernos mientras se nos arruga el corazón.
Hoy cuando solo quedan estrechos senderos en el pavimento vil de las mentiras, no nos puede seguir siendo indiferente, por la sencilla y más primaria de las razones: ha quedado clausurado el ser feliz y se ha abierto el horizonte a la ineptitud de algunos pocos imbéciles que proclaman, ya sin disimulo, su ridículo triunfo provisorio.
Hablo por aquellos que nos mueve un sentido profundamente humano y que nos repugna lo inhumano.
Ya no es época de fuga. Hoy no podemos aceptar nuevas formas de evasión. Aquel que se refugia en la soledad en busca de calma, no solo ha desertado, sino que se equivoca. Esa calma no existe por la simple razón de que la soledad no existe.
Cuando imagino que estoy solo, me confronto conmigo mismo. Se establece una dualidad que me devora. Y en esas contrarias miradas, siempre triunfa el imperio del YO y el olvido.
Por eso intento imaginar que no estoy solo. Nuestra compañía son los invisibles, los que saben lo que aquí se dice y los que, aún sin saberlo, sienten lo mismo y coinciden.
𝑁𝑎𝑑𝑎 𝑗𝑢𝑠𝑡𝑖𝑓𝑖𝑐𝑎 ℎ𝑜𝑦 𝑛𝑖𝑛𝑔𝑢́𝑛 𝑚𝑖𝑟𝑎𝑑𝑜𝑟 𝑙𝑒𝑗𝑎𝑛𝑜, 𝑛𝑖 𝑡𝑎𝑚𝑝𝑜𝑐𝑜 𝑜𝑡𝑟𝑎𝑠 𝑒𝑣𝑎𝑠𝑖𝑜𝑛𝑒𝑠…𝑛𝑜 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑚𝑜𝑠 𝑠𝑜𝑙𝑜𝑠 𝑒𝑛 𝑛𝑢𝑒𝑠𝑡𝑟𝑎 𝑛𝑒𝑐𝑒𝑠𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒 𝑎𝑚𝑖𝑠𝑡𝑎𝑑, 𝑑𝑒 𝑗𝑢𝑠𝑡𝑖𝑐𝑖𝑎 𝑦 𝑎𝑛ℎ𝑒𝑙𝑜𝑠 𝑑𝑒 𝑝𝑎𝑧 𝑦 𝑏𝑖𝑒𝑛𝑒𝑠𝑡𝑎𝑟, 𝑛𝑜𝑠 𝑎𝑐𝑜𝑚𝑝𝑎𝑛̃𝑎𝑛 𝑚𝑖𝑙𝑙𝑜𝑛𝑒𝑠 𝑦 𝑚𝑖𝑙𝑙𝑜𝑛𝑒𝑠 𝑑𝑒 𝑠𝑒𝑟𝑒𝑠 ℎ𝑢𝑚𝑎𝑛𝑜𝑠.
𝐸𝑠𝑎 𝑒𝑠 𝑙𝑎 𝑖𝑛𝑡𝑒𝑛𝑐𝑖𝑜́𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑚𝑢𝑒𝑣𝑒 𝑙𝑜 ℎ𝑢𝑚𝑎𝑛𝑜. 𝑃𝑜𝑟 𝑒𝑠𝑜 𝑒𝑠 𝑒𝑙 𝑚𝑜𝑚𝑒𝑛𝑡𝑜 𝑑𝑒 𝑟𝑒𝑐ℎ𝑎𝑧𝑎𝑟 𝑎 𝑞𝑢𝑖𝑒𝑛𝑒𝑠 𝑝𝑜𝑟 𝑐𝑎́𝑙𝑐𝑢𝑙𝑜 𝑜 𝑝𝑜𝑟 𝑖𝑛𝑔𝑒𝑛𝑢𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑐𝑟𝑒𝑒𝑛 𝑦 𝑝𝑟𝑜𝑐𝑙𝑎𝑚𝑎𝑛 "𝑒𝑠𝑎 𝑖𝑛𝑢́𝑡𝑖𝑙 𝑦 𝑚𝑎𝑙𝑣𝑎𝑑𝑎 𝑝𝑟𝑜𝑓𝑒𝑐𝑖́𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑎𝑛𝑢𝑛𝑐𝑖𝑎 𝑙𝑎 ℎ𝑒𝑐𝑎𝑡𝑜𝑚𝑏𝑒 𝑑𝑒𝑙 𝑚𝑢𝑛𝑑𝑜".