Todas estas historias, y no pocas reflexiones, han sido hasta ahora un tímido testimonio que sentimos, al menos Fer y yo, extrañamente comprometidos a compartir. Testimonios, si no de una época, al menos de una sensibilidad de época que nos incluyó, nos oprimió y confundió sobremanera, y por lo cual estamos tremendamente agradecidos. Agradezco que desde nuestra tierna infancia estuvimos siempre confusos, perdidos y haciéndonos preguntas. Bienaventurados los que no entienden lo que pasa, porque de ellos será la aventura.
Y aventuras vinieron, frente a una chimenea, en una playa solitaria, en California o en Dichato, y con ellas amores, fracasos, cambios de planes, luces y sombras, pero de algún modo el futuro seguía allá adelante, como un farol difuso, llamándonos, guiñándonos el ojo, codeándonos para que siguiéramos moviéndonos.
Estas y otras muchas historias, en gran parte inconclusas, marcan el hilo que nos ha tiroteado a través de medio siglo y quiero dejar formalmente registrado acá nuestro agradecimiento con nuestros antecesores, nuestros contemporáneos y nuestros mal llamados “descendientes”.
Gracias, gracias, gracias…