Una niña; que ahora es poeta, me contó que alrededor de 1950, los hombres capacitados trabajaban como marinos en grandes empresas internacionales, estas empresas les arrebataban a sus padres que eran por varios meses, tragados por el horizonte.
Se conocía: La Sudamericana, Martínez Pereira, Havervel Skalway (así me la nombró), Interoceanica…
Su casa se acomodaba mirando al mar, asimismo los barrios se acomodaban a los marinos extranjeros que por similitud fueron ocupando cerros, los ingleses el cerro Concepción y alemanes en el cerro Alegre. Requisito indispensable: Todas las casas con ojos al mar, ahí esperaban las esposas, nostálgicas y orgullosas de ser” La Catedral”.
Las familias de los marinos hacían el viaje con ellos, siempre en contacto con la empresa para saber dónde atracaría el barco y hacer llegar sus cartas en alguna combinación. El viento de primera mano les traía con cosquillas en la guatita la imagen del barco que traía a sus papás, bien engalanadas bajaban al puerto. Desde los barcos descendían baúles, maletas y vacas, a partir de ahí comenzaba la fiesta y el mareo, se abría el living, se sacudía el Pick up, aparecían los tíos y primos, vecinos y otros marinos. Asados y huifas… medias nylon con raya atrás y portaligas para su mamá y para ella, un viejito pascuero atrapado en una bola mágica que al agitarla caía un nevazón y muchos dulces. Toda alegría por quince días nada más, cuando ocasionalmente papi permaneció por más tiempo era otro, taciturno y enojón.
Entonces el viento y el color del ambiente anunciaban la partida, la maleta enorme recién destripada (igual que los barcos), debía recargar. Ahora se veían las camisas recién azuladas y los pantalones planchados en hileras sobre la cama, en reemplazo de los regalos se iban: Juegos de cartas, novelas de acción, novelas policiales y nada que recordara la familia para no abrumar en exceso la soledad.
Y esta niña quedaba paralela, escondida en el living escuchando despacito la música, no sabiendo si era cierto o imaginó que un día fue con su papi a comer empanadas de queso a La Nave, ubicada en la plaza Sotomayor.